
Sombra mía,
esta poética es más simple
que el rastro de tus cabellos,
atenazado a mi columna.
tanto más artera,
que la vereda ingeniosa
de tus lamentos.
En la que transmuto mi desierto,
tan cauto y horadado,
asiduamente inútil
ante los rostros del silencio.
No busco!
Albergo la incertidumbre
bajo mi seno,
cual cría antojadiza
prendida al pezón.
Navego tus podredumbres
hasta el cansancio,
aunque pronto me ensordezca el asco.
El claustro en tus ojos,
recoge de la magulladura
al asesino
de tu sexo herido.
Insulto tus palabras,
rebuscando en mis sesos
la letrina humeante de escoria,
dispuesta a la humillación de la forma.
(cabeza gacha frente al muro)
¡ Es tan corta la cuerda
prendida de la viga
que ni tu sordera
podrá aniquilarse!
Hoy es imposible negar,
que estas meretrices
son tan tuyas
como mis espejos.
¡ Ya no me señales
como a una polilla ingenua
sobre la luz
de una mugrienta vidriera!
Las cenizas han hecho
escarnio de la culpa,
cual laberinto de peces
arremetiendo contra las olas.
(se multiplican las razones,
las arenas son escazas)
Sobre la cama:
un café amargo,
humo incandecente,
retornos muertos,
manos.
Un vago sendero húmedo
dibujando mis caderas.
El cristo blasfemo de mi cruz
es el voyerista bajo las sábanas,
una gota de ganas
jalandole la lengua al decoro,
te dice ¡basta!,
mientras increpa a tus poros con la lengua.
Luego el gemido de antaño
pudriéndose en la almohada
nuestra única lágrima
de sudores dormidos .